Y va cantando la niña,
va saltando la niña.
De la mano de su madre, van llegando a la esquina.
Y los cantos de la niña,
y los saltos de la niña,
son bañados en oro por un sol radiante que las ilumina.
Cuán frágil es la ilusión de la permanencia. Al mundo le toma apenas un solo segundo convertir la abundancia en carencias.
Se esfuma el oro del sol y, tras ser cubierto por una nube espesa…
Ha dado un salto la niña,
y un chillido la niña.
Disparó sin apuntar el infame; el terror le dice al miedo: “empieza".
Cojea con miedo la niña,
se cae y se arrastra la niña.
Siempre los domingos -cuando por fin está su padre en casa apenas ella despierta-, luego de desayunar, María se pone uno de sus dos vestidos preferidos, sus zapatitos negros de charol y hebilla dorada, para acompañar a su madre a hacer la compra.
Tras una dura semana de trabajo y de apenas poder compartir unos breves momentos nocturnos con su hija, Pablo logra dormir un par de horas más y se levanta con energía para preparar el desayuno.
No hay días de descanso para Vanessa, y aunque disfruta de lo que hace, agradece enormemente poder quedarse en cama un poco más los domingos, cuando puede olvidarse de preparar el desayuno.
A los domingos de sol, de lluvia o de bruma los acompañaba el canto de una pequeña montuna.
Le arrebataron melodías al campo, la felicidad a un hombre, la vida a una madre.
Su cuerpo cambiaría con el tiempo y, con el tiempo, también conocería los otros trajes que usa el amor.
Fuego y metal ardiente, seguidos por el grito sordo del delicado ángel -ahora muy lejos de la gracia de Dios-, cubrieron a la frágil criatura de memorias imposibles de borrar. No la cambió el tiempo; la desfiguró el dolor.
En las tardes, y sin falta, los tres se disponían, sonrientes, a escuchar la palabra de Dios. Sus padres lo hicieron por años y ella todos los años de su vida, pero bastó un momento para que la imagen de su carne abierta, su madre muerta y la plaza envuelta en estrépito, fuego y sangre; lograra penetrar hasta partirle el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, ennegreciendo sus pensamientos y sus emociones y su corazón.
Los bramidos que venían desde la plaza, y que siguieron al retumbar de la tierra, anuncian un panorama doloroso con el que Pablo no quiere encontrarse, pero al que llegará corriendo después de soltar su machete.
Con un nudo en el estómago se ata los zapatos. No quiere llegar, pero corre; no quiere mirar, pero no parpadea ni un solo segundo durante el eterno trayecto que va de su rancho a la plaza.
A medida que se aproxima, el humo negro lo alcanza, trayendo consigo el olor a basura quemada. El inconfundible hedor de la tragedia lo envolvía.
Con sus ojos bien abiertos, como lámparas, escanéa el lugar de la tragedia. Encuentra a vecinos, compañeros de trabajo, a Don Juan -que le vendía sus hierbas-, Doña Lidia y Carol -las de los tecitos para dormir- y a Lucas el de los mangos maduros; indudablemente, todos muertos.
No tiene tiempo para lamentar el panorama: su instinto es hallar a sus amadas. El primer cuadro le advirtió la presencia de un enemigo voraz que se alimenta de carne recién cortada, de inocencia, de luto, de ruido: un tragasueños.
Afina sus sentidos y las encuentra; no quiere mirar, pero mira; no puede caminar y camina… en dirección a ellas, pero se detiene. Descubre que su amada, Vanessa, y su luz, María, están en el suelo, una frente a la otra; pero solo su angelito se mueve, es la única que aún respira.
Está lejos de ellas y debe acortar la distancia corriendo, pese a la fragilidad en sus piernas, al nudo que se le aprieta cada vez más en el estómago y a las lágrimas que le entorpecen el paso.
Se aproxima en dirección a su mundo, ahora roto en el suelo de un mercado, bañado por su propia sangre como si se tratase de un bautismo ceremonial que, entrega la pureza en manos de la oscuridad. Se aproxima a su mundo con la cara hundida en el pavimento, su mundo inmóvil, frío y desfigurado.
Debe decidir qué pedazo recibirá su atención: llorar por Vanessa mientras su hija se desangra a escasos pasos, o tomar a su pequeña María y alejarse, sin despedirse del otro amor, para salvar el que se estremece entre sus brazos.
Su cuerpo decide por él y salta para socorrer a su hija. La levanta del suelo y recibe el bautismo de la maldad: su hija es el recipiente que se vierte sobre él. Es bañado por el cálido tinte escarlata que sellará su inquebrantable vínculo con la muerte.
La toma entre sus brazos y llora: llora el dolor de su pequeña y la amarga despedida que no pudo ser; llora por dejar tendida a quien fue su sueño cumplido y que ahora duerme con la cara contra la tierra, esa tierra que ya no volverá a ser su hogar.
Todas las noches, sin falta, Pablo llevaba en brazos a María hasta su habitación, la arropaba y, después de un beso en la frente, regresaba a su cuarto con Vanessa para terminar de ver lo que fuera que estuvieran pasando en la televisión.
Alza a María y piensa: ¿siempre fue tan ligera? Corre con ella en brazos y, al girarse para dar una última despedida a la mitad de su corazón, tropieza su mirada con dos zapatitos negros de charol y de hebilla dorada.
Entendió por qué su hija pesaba menos.
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