DISCURSO

 De un silencio sin precedentes se atestó la sala. En pie, el hombre se dispuso a exhalar su más sentido discurso; movió su cabeza y alargando el cuello intentaba acomodar su camisa, se aseguró de tener bien sujeto el pantalón y los zapatos limpios.

Luego de un suspiro…

– Me duele y me ha dolido desde la primera vez que comprobé su existencia, desde la primera vez que la gusté y abracé, desde el momento maravilloso en que la encontré de pie y con los brazos abiertos a mi llegada – se sonríe ligeramente, – Me parecía rehuía mis intentos de que discutiéramos algunos temas, se mostraba renuente a mis propuestas de amistad y mis cartas de desvelo no parecían causar efecto alguno para mi favor –, mientras hablaba se ocupaba de que su intensa mirada se cruzara con la de los concurrentes al evento que se venía dilatando desde hace tiempo con la idea de hacerlo lo más masivo posible.

– No pude estar más equivocado, me enteré por sus labios que ella siempre estuvo esperando por mí como espera por todos –, asentía con la cabeza y abría grande los ojos –me desmenuzó el desafortunado sistema creado para que ninguno de nuestros pasos nos conduzcan a su abrigo y cuidado, un sistema que al milímetro se ocupa de alejarnos de su escuela, un sistema que se ocupa de desentarimar el buen camino y hacerlo un lodazal, en realidad de conducirnos por un camino alternativo ya que el verdadero camino es incorruptible –.

– Nos encaminan por trocha, con trinches nos conducen por un camino destruido, perverso, pervertido; impúdicamente arranca de la verdad la belleza dejándola herida en charcos de sangre y con esto nos engañan ofreciéndonos andar por “el buen camino” nos maquilla una “verdad”, nos vende un gato –. Mientras tanto un brillo de pesar en sus ojos. Debió agachar la cabeza.

 En el auditorio comienzan a murmurar y parece que la atención se desvía del hombre, el que aún permanece de pie.

– ¡Me duele y me ha dolido desde el primer día que escuché de su boca la verdad, cuando me enseñó la realidad, cuando disipó la niebla con un ligero soplido de sabiduría! –, de inmediato la sala retornó al silencio y la expectación.

– El tesoro del conocimiento ha sido enterrado bajo la sangre de quienes desearon darlo de regalo a todos sin medida, con muecas de burla y propio de sus detestables intenciones, ha sido cubierta también de las pútridas excreciones que de sus bocas secretan, la podre de sus palabras han infectado todo lo existente desde el día en que decidieron proferir palabras malditas envenenando los discursos apacibles de la reconfortante verdad –.  Arruga la nariz y frunce el ceño.

– Tras sotanas, templos, mantras y monumentos esconden la vergüenza de su estampa, sus ídolos, dioses y santos, erigieron detalladamente para embotar la vista del curioso. Maquillaron el puro mensaje y le ataviaron como a un payaso, ¡lo han convertido en ludibrio!, y es esto lo único que quieren que se vea – aprieta los labios, – y se ríen, se acomodan en sus tronos de huesos, carne, cabello y sangre de infantes –.

Una tímida lágrima recorre brevemente su mejilla, se ha escapado solo una, su llanto es contenido por la rabia de sus palabras, la impotencia en su corazón, la soga que envuelve sus manos.

– Son sus rostros arrugas, marcados de ojeras y la piel pegada al hueso; se mueren de hambre pues alejados del Sol permanecen y sus siembras no retoñan, el hijuelo de sus plantas se hace polvo. Siembran muerte, riegan con sangre –.

– Yo te amo me dijo un día, yo los amo les dice a ustedes – frunce el ceño de pesar y había dulzura en sus palabras – la verdad no está muerta a pesar de sus heridas, se encuentra de pie y con los brazos abiertos, abrácenla, acójanla en su seno, gusten de sus manjares, sacien de verdad sus labios y reposen en sus prados, en su regazo –.

Fue este un ruego desde las entrañas, uno como nunca habían presenciado los presentes y como nunca más escucharían.

El silencio en el auditorio es ahogado por la risa burlona de los asistentes, con cada carcajada se fueron olvidando las palabras del hombre.

De las mesas altas el más anciano se pone de pie y en decrescendo se escuchan las últimas risas hasta el silencio  – “Procedan” – lo dice mientras inclina ligeramente la cabeza.

El propósito de la reunión se llevó a cabo, el acusado fue ahorcado, el recipiente de su alma, vituperado.

Le ahorcaron y el acto avivó las risas, carcajadas incontrolables, eran risas indecentes y escandalosas, muchos se caían al piso, se orinaban y defecaban sin control.

De entre la multitud, tres personas en diferentes lugares del auditorio ocultaron sus rostros en lágrimas y se retiraron discretamente, de los miles a tres les tocó La Luz, salían dispuestos a desmaquillar el mundo y enjugarlo con verdad.  

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