Desde siempre escuchaba historias acerca de esa magnánima y misteriosa puerta, se sabía, por leyendas, que extraordinarios hombres y mujeres que la habían hallado e incluso habían traspasado el lindero de su imponente marco. Se les había abierto dispuesta a enseñarles el secreto.
Cada hombre y mujer regresaban completos, unidos a sí mismos, a la
totalidad de su ser, a la unidad de sus cuerpos. Recordaban y enseñaban a las
personas a ser libres, pero pocos los escuchaban, casi ninguno recordaba.
Soñé incontables veces con esta desde la primera vez que a mis oídos
llegó alguna de estos cuentos que me grababa como hechos innegables de historia.
Al principio configuré las historias como un lugar que me gustaría
conocer, avanzó el sentimiento a ser un sueño con sabor de anhelo. Luego se rompió las
barreras y la sensación fue de una necesidad real que me
quemaba la piel, me desgarraba el estómago despertarme y darme cuenta que el
sueño del bosque que nos escondía a mí y a la puerta delante mío se reducía a eso.
El fuego que me quemaba desde adentro ya no lograba sofocarse con la
monotonía de mi simple existencia, tardé demasiado en darme cuenta que debía
encontrar el manantial inagotable que refrescaría mi condición dual.
No importan el día que decidí partir, mi rumbo o mi recorrido. Por golpe
de suerte tropecé con mi necesidad y
rodé hasta la solución, me limpié el trabajo, recalibré mi percepción y al vi,
ahí yo con ella, el bosque nos escondía.
Embelesado y nervioso la detallé en cada milímetro, el sol me era
favorable.
Es dura puerta de Quebracho en la mayor parte de su ser, a pesar de su
dureza los detalles delicados en la totalidad de su cuerpo describen un autor
minucioso y dedicado, digno de exaltar y reconocer.
Enseña en sus detalles el ciclo de la vida explicado por una flor,
muchas flores en realidad que con gran detalle describen el proceso desde la
semilla hasta que se abren y respiran sol para de nuevo ir a la tierra a ser
una con ella. Siempre lo han sido.
Comienzan las semillas talladas desde la parte inferior al lado
izquierdo y a medida que la semilla se hace flor, avanza ascendentemente y a
mitad de la puerta se comienza a cruzar por esta para terminar de nuevo siendo
una con la tierra en la parte superior derecha.
En el tramo donde la flor está completamente abierta y consciente de sí
misma, la madera es de Acacia perfectamente unida al Quebracho, no se
distinguiría de no ser por su tono más suave, un delicado tinte crema.
En la parte superior izquierda, la figura de un cuervo negro observa
paciente cuando la flor perece, con fuego fue pintado, parece sostenerse de la
rama de un árbol sin hojas.
La madera en la que aparece este oscuro cuervo, es de roble blanco. El
Roble y el Quebracho se entrelazan a manera de una raíz asiéndose de la tierra,
como dos piezas de un rompecabezas, pareciese que fuera pintado. El trabajo de
unir estas maderas es meticuloso en gran medida.
En la parte inferior derecha nace un enorme sol que va hasta la mitad
horizontal de la puerta y casi hasta tocar las semillas talladas. Este está
apoyado en un triángulo escaleno de color rojo intenso.
Es un sol amarillo con un rastro de tintes naranja. En su circunferencia
se dibujan ocho triángulos isósceles de color negro que actúan como sus rayos.
Tenues nubes azules y blancas le acompañan y cubren algunos tramos de su
magnitud. Parece un sol de mediodía por su vigor, pero también actúa como un
atardecer, uno muy intenso.
En la parte superior, en el centro. Justo entre el cuervo negro y el fin
de las flores se dibuja un triángulo equilátero, su base es de color café y
los lados de un color verde muy oscuro. En su interior y con un color azul
oscuro se dibujan dos líneas ondulantes paralelas.
El aroma descubre que se usó el tinte de unas flores que no logro identificar, el olor a madera confunde mi recuerdo.
La puerta mide siete metros desde su base y cuatro metros de ancho,
pero indescriptiblemente podía apreciar cada detalle de esta como si la sostuviera
en mis manos.
La puerta se manifestó como un elemento de 2 dimensiones. Estaba
enfrente de mí y no tocaba el suelo, cuando intenté ver su espalda, descubrí
que no tenía profundidad. Al estar a su costado simplemente desparecía de mi
percepción, era menos que una línea delgada, parecía no existir.
Cuando me ubiqué en la parte posterior de esta, tampoco existía, no
había nada, solo era posible verla de frente.
Alarmado al no hallarla corrí creyendo que se había esfumado ante mis
ojos, pero allí permanecía. Fue un alivio.
Lo siguiente fue que esta se abrió y descubrió para mí un nuevo mundo. Aprendí AMOR. Me gustaría contarte la historia
que vale la pena.
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