Hasta que se fue. Se
marchó escondiéndose en la lejana montaña de verdes pinos altos que la cubren.
La montaña testigo de las despedidas diarias.
No era la primera vez que lo veía, pero esa mañana nos
hicimos amigos, más que eso lo amé al sentir su cálido amor. Me descubrí una
sonrisa, la más grande que alguna vez se había dibujado en mi rostro.
Me sentí amada y con toda mi energía renovada, sabía que no
le interesaba mi reconocimiento, solo me amaba.
Con cada respiración profunda era llena de su poder, en cada
exhalación se llevaba mis cargas, me iluminaba, me limpiaba.
Sabía que nos despediríamos pero nunca pensaba en ello,
pasaban los días y lo despedía hasta que la montaña era lo único que podía ver.
Nos despedíamos con la promesa de verle con la misma
intensidad al día siguiente.
Ese día desperté sabiendo que la montaña no lograría
consolarme. Se iría.
Como nunca, procuré respirar más profundo, más lento, procuré
disfrutar cada sensación en mi piel y dejar que el viento participara en la
escena revolviendo mi cabello.
De tanto en tanto abría los ojos y un intento de lágrima se
asomaba al ver la montaña serena esperando ocultarlo.
Su luz me ilumina, me iluminó antes y pude recordarlo
algunas veces, no eran recuerdos claros pero si comprendía que no era la
primera vez que me amaba.
Me amo cuando fui caballero, doncella, esclava, marino. Me
ama hoy y lo amo siempre, pero ese día se iría, la montaña lo escondería y no
podría verlo de nuevo.
Con el último rayo que se le escapó a un frondoso pino, me
acarició la frente.
Cada instante es único.
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