En las montañas sin hierba estaba, en lo alto de una de ellas y viendo las otras del lugar, viendo el siempre caudaloso rio pantanoso batiéndose contra los pies de las montañas, como si forcejearan.
Muchos kilómetros más al horizonte, el humeante volcán que
se ayudaba del viento para cerrarle el paso a la luz del Sol, continuaba
tentando con su rojiza luz.
Mis armas bien afiladas recostadas a mi lado en la misma
roca en la que apoyaba mi espalda.
Los trecientos sesenta grados de visión que me permitía mi
ubicación, dejaba ver perfectamente la columna oscura, o más bien el domo, que
se forma a mí alrededor y arriba.
Son los muchos enemigos que impacientes aguardan un
descuido.
Son mis aliados fuertes, Soy YO mismo imbatible.
Mis enemigos guardan prudentemente su distancia, pero cuando
deciden guerra, aún con miedo, marchan con determinación a su muerte.
Hace algún tiempo que dejaron de llegar los cuervos que mi
Espejo enviaba con regularidad. Me senté a esperarlo en la cima de una de las
montañas sin hierba.
Decidieron guerra mis enemigos y de sus filas, caminaron al
frente tres mil de los rangos altos, reunieron tanta sangre como pudieron y
decidieron que era suficiente para intentar nuevamente.
A su primer paso adelante violando el límite, mi Dragón
Serpiente rompe el cielo sobre mí quemando también la ceniza a su paso. Recorre
un poco el cielo para advertir de su presencia.
Su fuego azul es siempre maravilloso de ver, su contoneante
belleza azul y el impenetrable escudo de escamas son embelesadores, expide
poder, irradia luz.
Lograron pues los altos mandos avanzar un paso.
Mi Dragón Serpiente, desciende para enrollarse desde mi
brazo derecho, pasando por mi torso hasta asomar su cabeza al lado de la mía.
Luego de ponerme de pie para celebrar su asistencia, retomo mi espera.
Comprendo que mi Espejo ha sufrido daño y celebro sus
batallas. Sigo esperando y respirando fuego lentamente.
La oscuridad se hace más densa y los tres mil alientan a los
demás a atacar conjuntamente. Solo puedo sonreír al sentir la energía creciente
del que es mi hermano de guerras, del Espejo.
Rompiendo la tierra, El Espejo emerge del ataúd de tierra
que le limpió y sanó. No permitirá que den más pasos sin recibir castigo.
El conocimiento de las brujas lo hizo sobrepasar las
montañas alejándose del ataúd de tierra y recibir en su mano derecha, su arma
entregada por la bruja buena.
Contra la oscuridad que avanzaba rompiendo jarrones de
sangre sobre sus cabezas, El Espejo batió su arma de madera de Ébano, oro refinado,
tachuelas de diamantes y anillo de cobre.
A la orden de “Fuego”, destrozó y derrotó. Les hizo regresar
dos pasos atrás.
Miró la cara de los que están por encima de quienes halan
los hilos de quienes ostentan el 33. Les vio el miedo y les dejó claras sus
posibilidades.
Envuelto en rayos azules descendió hasta la cima de la
montaña en la que me encontraba. ¡Que gusto reunirnos de nuevo!
Comentarios
Publicar un comentario