Alimento de los Oscuros

 – Realmente no quiero ir a casa –, pensaba Lucas mientras se perdía en el monótono paisaje de su oficina: Papeles desordenados, carpetas apiñadas y desalineadas.

– Este lugar enmudece los ensordecedores gritos de la soledad que me esperan en casa, ¡Cómo grita desde que no está!... ya no está –. Lleva la barbilla al pecho facilitando el caer de sus lágrimas y logra hundirse en sus pensamientos.

Sentado en aquella vieja silla, que solo podría ser suya pues han estado tanto tiempo juntos y ahora solo la forma de su cuerpo consigue encajar “cómodamente” en ella, se duele.

Sentado y encogido le pasan las horas rápido, no quiere volver a casa pero su negativa no evita el paso del tiempo.

A quince minutos para su hora de salida – salió de último momento y lo necesito revisado para mañana a primera hora – Antonia, su jefa directa, hace entrega de lo que le resulta una oportunidad perfecta para seguir evitando el desolado lugar que ahora son su sala, su cuarto, y los pasillos. Un horrible paraje que le grita su carencia.

Levanta la cabeza para recibir la gruesa carpeta mientras evita mirarla directamente; no consigue ocultar a Antonia sus ojos y nariz goteantes y rojos.

El impulso inicial con el que le encargó la encomienda disminuye un poco al percatarse del estado de Lucas – antes toma algo para el resfriado y al terminar abrígate bien cuando salgas – sabía que no era un resfriado pero no podía darse el lujo de preguntarle qué pasaba, el documento era prioritario, su trabajo era primero y a ella la esperaba una linda niña en casa.

Asiente con la cabeza y esboza una estúpida mueca, luego recibe el increíble regalo que le daba el día. – Para mañana a primera hora –, le repite a Antonia la orden para asegurarle que había entendido.

Antonia se retira con un gesto serio, apretando los labios camina lo suficientemente rápido para evitar la posibilidad de que Lucas quisiera hablar con ella, pero no tanto como para que este notara su deseo de alejarse de él.

Los demás zombies de la oficina, al unísono se levantan de las que son sus viejas sillas exclusivas, cubren con sus abrigos negros, que tomaron del espaldar del asiento, la camisa blanca sudada característica del final de un día normal de trabajo; lo abotonan comenzando desde arriba, acomodan sus descoloridas corbatas, suspiran profundamente, empujan sus lentes hacia arriba con el dedo del medio en el entrecejo e instintivamente se alejan con rapidez del que intuyen es el lugar que les drena la vida.

La única luz en el frio cuarto es la del cubículo de Lucas, las sombras del lugar hacen guardia hasta que este, sin ánimo y después de cuatro horas, termina el encargo de Antonia. – ¿Qué se le ocurrirá decir esta vez? –, musita Lucas luego de permitirse un buen estirón mientras aún permanece sentado. Apaga la lámpara que le acompañó esta noche.

*voz femenina en la oscuridad* Claro que me gustas, siempre me has gustado, eres el más guapo, no tiene de qué preocuparte.

Lucas abre los ojos de golpe, se había quedado dormido con el arrullo del silencio y el cobijo de la oscuridad. – ¿Gritará esta noche? – lo susurra, pero al escuchar su propia voz, se recoge de hombros y gira levemente la cabeza hacia el lado derecho y arruga el rostro.

Con su mano izquierda toma el saco negro que colgaba espaldar de su silla y lo cuelga ahora en su antebrazo derecho; el mismo con el que sostiene su portafolio. Avanza entre las sobras de la oficina buscando la salida. Ya en la acera, se fastidia un poco con la luz de las farolas.

– Unos quince metros más y estaré frente a la puerta de mi casa, la abriré y seré recibido por el viento helado que la envuelve desde entonces –.

Mientras avanza no puede evitar notar el silencio frío; se detiene de golpe. Percibe el silencio inusual en el campo; a la distancia está la plaza del pueblo y aún más cerca una avenida regularmente transitada pero, no escucha nada.

El cielo gris, clima frío, un panorama cenizo. El faro de luz se esfuerza por cumplir su tarea nocturna, apenas puede con ella y se nota en su luz amarilla tintineante que atrae las polillas propias de la melancolía.

Se descubre quieto frente a la puerta de su casa, no es consciente de cuándo avanzó has allí, ya tiene las llaves en su mano. Al verlas, por reflejo levanta su brazo para abrir la puerta, introduce la llave y se detiene luego de llegar al fondo de la cerradura. Sin fuerza pero con firmeza, golpea la puerta con su cabeza y se queda así un momento.

Toma aire y cierra los ojos, los aprieta fuertemente mientras toma valor para girar su muñeca a la izquierda y sostiene con firmeza la llave.

Permanece en el dintel de la puerta que ahora está abierta. Está parado ahí sin movimiento aparente, como si no respirara; no podía respirar.

Con un paso atraviesa el marco de la puerta y al sentar su peso en la madera, esta rechina inevitablemente.

Lleva sus manos a los oídos y cae de rodillas envuelto en lágrimas – ¡Ya no griten, no griten! – repite sus alaridos una y otra vez, incesantemente. Se levanta e intenta correr a su cuarto, pisa unos vidrios rotos. – ¡No tienen por qué recordarme!, le grita al suelo. Luego de detenerse por el vidrio y antes de continuar hacia su cuarto, Lucas dirige su vista al refrigerador, ¡AH!… grita mientras corre.

En su mesa se encuentra el informe que está correctamente revisado, Antonia acostumbra llegar a las 07:00am para darse tiempo de revisar las tareas pendientes, – un perfecto trabajo, como de costumbre, psicorrígido pero eficiente – lo dice para sí misma en un susurro.   

07:30am y algunos autos comienzan a llenar el estacionamiento, Antonia observa desde la ventana y mira con extrañeza el lugar al lado de su auto. 07:45am, se distrajo de la ventana los quince minutos que le tomó atender esa llamada.

Acostumbra caminar mientras habla por teléfono, al terminar se encuentra en la puerta de su oficina y atiende que todos están listos para empezar con puntualidad su jornada de 08:00am a 06:00pm.

Lucas no se encuentra en su puesto. Por reflejo guarda el celular en su bolsillo delantero y salta de nuevo a la ventana y al lado de su auto no está el de Lucas. – Se fracturó la pierna un domingo llegando a casa, el lunes estaba en la puerta del edificio faltando cinco minutos para las 07:00am esperándome para indicarme que había un documento que no estaba firmado, nunca ha faltado y nunca ha llegado tarde –, está muy alterada.

Antonia se sentía culpable, el día anterior le encargó trabajar de más, aun cuando lo vio en tan mal estado. Se encontraba revolviendo papeles en búsqueda de su teléfono celular, olvidó que lo llevaba consigo; cuando un oficial de policía interfirió en la escena. Se congeló al verlo y más cuando notó que en su mano izquierda sostenía una foto de Lucas.

El estrés del momento la llevó a imaginarse una vida entera en la cárcel. Nunca violó la ley, nunca tuvo una multa pero se pudrirá en la cárcel, voces que se repetían en su cabeza como desde una cueva profunda, la abrazaron con fuerza dejándola inmóvil.

 

Señora Antonia, tome asiento –. – Así me dijo el policía y de alguna manera conseguí llegar a la silla sin caer al suelo, me senté, ni sé cómo, se me helaron las manos y me sudaban, yo sudaba y sentía frío, se me secó la boca y me costaba respirar –. 

– Tu padre fue policía, ¿por qué les tienes tanto miedo? –, – Porque mi padre fue policía –, con una mirada severa le responde Antonia a su amiga.

– No la interrumpas Clara, deja que nos siga contando –.

– Me senté y apreté los puños –, – ¿Conoce a este hombre? –, – Me mostró la foto de Lucas –, toma un sorbo del vino barato que se sirvieron en unos vasos de plástico.

– Le expliqué que trabajaba conmigo, su puntualidad y su extraña manera de ser, pero que esta no interfería con sus actividades laborales –.

– ¡Continúa! –, Camila le insiste con un evidente rostro de emoción.

– Me mostró la foto de la chica, parecía amable. En este punto estaba un poco más tranquila, pero cuando me dijo lo que Lucas le había hecho, perdí el conocimiento, desperté en el mueble polvoriento del pasillo, no entendí por qué el policía fue a la oficina –.

– Conociste a ese hombre, trabajaste por años con alguien así, qué terror – Clara dibuja una mueca que es respondida por las demás chicas agitando la cabeza.

 

En el cuarto de interrogatorios iluminado por una parpadeante luz blanca, mesa y sillas frías como de aluminio y un vaso de cartón lleno de agua, – La estuviste acechando por internet y fue cuando se mudó de nuevo a la ciudad, que no pudiste contenerte –. A medida que el oficial Matías hablaba con Lucas, le mostraba los documentos que respaldaban la historia que le dibujaba, Lucas solo negaba con la cabeza.

– Te la encontraste en la calle un día, pues conocías dónde trabajaba y aprendiste sus horarios de entrada, de salida y sus rutas frecuentes –, Lucas se acomoda en su silla.

– Luego de que convenientemente te toparas con ella varias veces, un día la invitaste a tomar algo; milagrosamente accedió, pasaste en tu auto por ella y temiendo que en algún punto te rechazara de nuevo como lo hizo en la escuela, aceleraste rumbo a tu casa –. Lucas comienza a mecerse en la silla, se agita un poco su respiración.

– Conseguiste obligarla a entrar en casa, seguramente le apuntaste con esta arma – pone sobre la mesa una Glock calibre 40 que se encontraba en una bolsa de evidencia transparente: “caso #136/66 Evidencia”, estaba escrito en la etiqueta.

Lucas pone las manos sobre la mesa y se empuja hacia atrás mientras toma una gran bocanada de aire. – Eso no es lo peor de todo señor Hernandez –, El oficial Matías lo mira fijamente a los ojos.

– Ella trató de escapar y…–

Lucas da un fuerte golpe a la mesa que interrumpe el diálogo volteando el vaso y derramando el agua – ¡Estaba ahí porque quería, quería estar conmigo! –, no podía evitar gritar, – me dijo que le gustaba, que siempre le había gustado, que soy el más guapo y no tendría que preocuparme de nada!

– ¡Ella trató de escapar! –, el oficial retoma las riendas – te dijo lo que querías escuchar porque quería escapar de ti, la llevaste a tu casa en contra de su voluntad, quisiste propasarte con ella, no podías evitar que Vanessa prefiriera a Carlos y le dijera que no a tu invitación de salir aquella vez –.

– ¡No! – Grita Lucas.

– Desde entonces solo puedes pensar en ella, en que no podría ser tuya, que otro hombre la besaba y la tenía –. Lucas apretaba los puños, apretaba los dientes; estaba totalmente tenso y a punto de estallar nuevamente.

– Trató de escapar y en el forcejeo se golpeó con el espejo del pasillo – lanzó frente a Lucas las imágenes del espejo roto y los vidrios en el suelo, algunas dejaban ver cómo cabellos se encontraban incrustados.

– Logró tomar la delantera y antes de llegar a la puerta calló al suelo aturdida por el golpe anterior, aprovechaste para ponerte enzima suyo, golpeaste repetidamente su cabeza contra el suelo – aporta las fotos que demuestran las abolladuras en la madera y esta con rastros de sangre.

– Maldito asqueroso, ¡la violaste, la cortaste y la metiste en la nevera! –, repentinamente, Lucas se calma y regresa a un estado sereno – ¡Es mía! – responde Lucas de manera contundente.

– Le faltan partes del cuerpo Lucas, qué hiciste –, Lucas levanta la cabeza y con un a tenebrosa sonrisa que se le dibujó en la cara – Es parte de mí –.

El policía se asquea y asume un evidente gesto de rechazo, con voz quebrada y llena de aire – estaba embarazada –, le dice.

Lucas cierra los ojos – Está con su madre… en mí – suspira y se sonríe.

 

 

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